En política, el verdadero escándalo rara vez es el hecho inicial. El hecho original suele ser previsible: alguien con poder confunde lo público con lo privado, la institución con su empresa, el cargo con el privilegio. Lo que verdaderamente define la salud democrática de una ciudad no es que ocurran estas cosas, sino lo que sucede el día después de que se descubran. En Burgos, cuando no hay interés en mover el árbol, se estila el silencio impuesto: el que protege al que manda y deja al ciudadano sin respuesta.
El caso de Borja Suárez, concejal del Ayuntamiento de Burgos y presidente de la Diputación Provincial, ha dejado de ser un problema de incompatibilidades para convertirse en una radiografía perfecta de cómo funciona la impunidad institucional en nuestra ciudad.
Los hechos confirmados
Los hechos ya no son materia de debate político ni de investigación periodística; son una realidad administrativa confirmada. Suárez, siendo concejal, mantenía participaciones superiores al 10% en una empresa de catering que fue contratada al menos en ocho ocasiones por el Ayuntamiento y por ProBurgos, la sociedad municipal de promoción dependiente del propio Consistorio, según informó eldiario.es. La Ley de Contratos del Sector Público es taxativa al respecto: está expresamente prohibido. No hay margen para la interpretación, ni zonas grises, ni excusas de desconocimiento para alguien que lleva décadas en la política institucional.
Cuando la información salió a la luz, la maquinaria de la gestión del daño se puso en marcha con una precisión asombrosa. El propio implicado reconoció los hechos en el pleno municipal del 20 de marzo de 2026, pero lo hizo utilizando el lenguaje aséptico de quien admite un error de cálculo, no una ilegalidad. La alcaldesa solicitó un informe al Secretario General del Ayuntamiento. Y el informe confirmó lo que era evidente desde el primer momento: los contratos son nulos de pleno derecho.
Un informe pedido para ganar tiempo
Aquí es donde la estrategia se hace visible. La alcaldesa no pidió ese informe para saber qué había ocurrido —lo sabía— sino para tener un documento técnico que justificara la inacción durante el tiempo necesario para que la tormenta amainara. Con la cobertura de los medios que no tienen interés en incomodar al gobierno que les conviene, la jugada era perfecta: pedir el informe, recibir la confirmación de la nulidad, proponer un "protocolo de buena conducta" para el futuro, y esperar a que el siguiente titular desplazara este asunto de las portadas.
Llamar "nulo" a un contrato adjudicado vulnerando la prohibición expresa de la ley es una forma elegante de decir que es ilegal, pero sin las connotaciones que la palabra "ilegal" conlleva. Reconocer cuando te han pillado, y hacerlo para evitar males mayores, no convalida la ilegalidad del acto. Un contrato nulo por incompatibilidad manifiesta no es un despiste administrativo; es una vulneración directa de la ley que protege el dinero de todos los burgaleses.
¿Quién ha metido este caso en ese cajón?
La respuesta es tan incómoda como evidente: todos aquellos que, conociendo la ilegalidad, han decidido no mover el árbol.
La ley española no deja margen para la comodidad. El artículo 262 de la Ley de Enjuiciamiento Criminal establece una obligación ineludible: cualquier funcionario público que, por razón de su cargo, tenga conocimiento de un hecho que pueda ser constitutivo de delito, está obligado a denunciarlo. No es una sugerencia. No es una opción política. Es una obligación legal.
Cuando un Secretario General emite un informe confirmando la nulidad de unos contratos por incompatibilidad legal de un cargo público, y cuando una alcaldesa recibe ese informe, su responsabilidad no termina ahí. Si esos contratos son nulos, el dinero público abonado debe ser reintegrado. Si hubo voluntad de sortear la ley, debe ser investigado por la Fiscalía.
La omisión de quienes tienen el deber de actuar es, en sí misma, el segundo escándalo. Un escándalo institucional que supera al primero, porque demuestra que los mecanismos de control interno del Ayuntamiento de Burgos están diseñados para proteger al infractor, no a la institución.
El protocolo como insulto
El remate de este despropósito es la propuesta de un "protocolo" para que los concejales no se confundan en el futuro. Que un político con décadas de trayectoria, presidente de la Diputación y líder provincial de su partido, necesite un protocolo para saber que su empresa no puede facturar al Ayuntamiento del que cobra un sueldo, es un insulto a la inteligencia de los ciudadanos. No necesitamos más protocolos ni más informes que sirvan de cortina. Necesitamos que se cumpla la ley.
La pregunta que queda flotando sobre la Plaza Mayor de Burgos es simple y directa: ¿Va a actuar alguien de oficio, o nos van a obligar a los ciudadanos a hacerlo?
Si las instituciones que deben velar por la legalidad deciden que la solución es el silencio impuesto, si los partidos de la oposición prefieren la comodidad de la queja estéril a la contundencia de la denuncia formal, entonces el sistema ha fallado por completo. Y cuando el sistema falla, la responsabilidad recae sobre quienes no estamos dispuestos a aceptar que la impunidad institucional se convierta en el paisaje habitual de nuestra ciudad.
El cajón no es una solución. Es complicidad. Y en Decide Burgos no vamos a ser cómplices.

